Karen Labrador tenía 37 años y llevaba la mitad de su vida construida en La Guaira.
Según recoge el medio El Pitazo, llegó desde Maracaibo a los 19 años, crio allí a sus cuatro hijos y nunca había contemplado la posibilidad de irse.
El litoral central era, en sus propias palabras, su lugar seguro. Eso fue hasta el 24 de junio, cuando los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron el centro-norte de Venezuela lo cambiaron todo.
«Yo decía que pa’ Maracaibo no volvía y aquí estoy. Ahora, yo no quiero volver más a La Guaira, y yo la amo, pero lo que pasó fue muy horrible. Eso es una película de terror, los edificios caídos, había explosiones, todo un caos», le dijo Karen a El Pitazo, mientras buscaba en su teléfono las imágenes que guardó de aquella noche.
Bajando las escaleras cuando llegó el terremoto
Karen vivía en el sector El Respiro de Catia La Mar, una de las zonas más golpeadas por los sismos. Cuando sonaron las alertas en los celulares, ella y sus hijos comenzaron a bajar las escaleras de la casa. El terremoto los alcanzó a mitad del trayecto.
«Todo era como una gelatina, nosotros nos golpeábamos de pared a pared. Yo escuchaba que dentro de la casa todo se caía», relató ante El Pitazo. Hasta hoy no sabe cómo quedó su vivienda.
La primera noche la pasó en un terreno plano junto a sus vecinos, rodeada de destrucción, gritos y desesperación. 18 horas después de los sismos tomó la decisión que nunca había imaginado tomar. Reunió a sus hijos —de 20, 19, 16 y 12 años— y les hizo una sola pregunta: ¿qué hacemos? Todos coincidieron. «Agarré mi carro y me fui», dijo al medio.
La huida
El camino de salida fue una secuencia de escenas que Karen describe, en conversación con El Pitazo, como cada vez peores. Agradecía a Dios tener a sus hijos vivos.
El carro le fallaba y el miedo a los túneles y al puente Caracas-La Guaira era constante. «Cuando estaba pasando los túneles y el puente, pisé el acelerador a todo lo que daba porque si había otro terremoto sentía que ahí quedábamos», confesó.
Al llegar al Terminal Las Banderas compró los pasajes para el primer autobús con destino a Maracaibo. El carro lo dejó en el estacionamiento de un familiar y luego lo prestó a otra familia que también huía hacia Zulia. «Le dije que lo buscaran y que se salvaran», contó a El Pitazo.
Salió de La Guaira con sus cuatro hijos y la ropa que tenían puesta. Nada más.
«Solo Dios sabe el propósito de dejarnos con vida»
De regreso en Maracaibo, Karen traza ante El Pitazo un paralelo entre su llegada al litoral hace 18 años y su retorno forzado a la ciudad donde nació.
«Llegué sin nada y me levanté, y ahora lo volveré a hacer. Solo Dios sabe el propósito de dejarnos con vida», afirmó.
Su historia no es un caso aislado.
Desde el 24 de junio, miles de familias han abandonado La Guaira en un éxodo silencioso hacia otras regiones del país, en medio de un balance oficial que este miércoles asciende a 2.295 personas fallecidas, 11.267 heridas y decenas de miles de desaparecidas bajo los escombros del litoral central venezolano.
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