Dos terremotos, uno de magnitud 7,2 y otro de 7,5, separados por apenas segundos, convirtieron un atardecer cualquiera en el inicio de la mayor tragedia que el país recuerda haber enfrentado.
Un mes después, entre escombros que aún no terminan de removerse y familias que aún no terminan de despedirse, Venezuela sigue contando sus muertos.
El número oficial, actualizado el miércoles por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, ya no sorprende a nadie por su magnitud: 5.398 fallecidos, después de que las autoridades incorporaran 52 nuevas muertes respecto al reporte anterior.
Cada balance trae consigo nuevas cifras.
Los heridos se mantienen en 16.740, un número que casi no ha cambiado en las últimas semanas.
La vida, mientras tanto, se ha reorganizado alrededor de la pérdida.
Actualmente 23.335 personas permanecen alojadas en 107 campamentos transitorios —213 más que apenas un día antes—, y 128.324 familias han recibido algún tipo de asistencia por parte de las autoridades desde que comenzó la emergencia.
Son cifras que hablan de venezolanos que aprendieron, de golpe, a vivir bajo carpas, a hacer fila por agua, a esperar turno para un colchón.
El paisaje urbano también quedó marcado.
En Caracas y, sobre todo, en el litoral de La Guaira, la ciudad todavía es una postal de destrucción: 856 edificios afectados y 190 colapsados son el saldo material de un sismo que no distinguió entre torres nuevas y viviendas populares.
Y la tierra no ha dejado de temblar del todo: se han contabilizado al menos 1.463 réplicas desde el 24 de junio, entre ellas un movimiento de magnitud 3,9 registrado el 10 de julio cerca de Naiguatá.
En medio de la destrucción, el Gobierno puso en marcha un censo biométrico para determinar el déficit habitacional dejado por los terremotos, y esta semana más de 240 familias recibieron las primeras viviendas.
En Caraballeda, la estructura OPP26 —un urbanismo de la Gran Misión Vivienda Venezuela que llegó a albergar a cerca de 2.700 personas— se ha convertido en el símbolo más crudo de lo que significa buscar sin encontrar.
Allí, equipos de rescate continúan removiendo escombros semana tras semana.
Hace apenas dos días, un indicio de vida bajo los restos activó por horas la esperanza de un hallazgo con vida; horas después, esa esperanza se apagó, y con ella se desató además un episodio de caos y violencia que, según denunció el propio director de Protección Civil, fue protagonizado por personas ajenas a las familias de las víctimas, «que crean y generan el caos para lucrarse económicamente a través de las redes sociales».
Ese mismo dolor se repite en otro rincón del sistema: el de los cuerpos aún sin nombre.
El Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses continúa citando a familiares para intentar identificar, mediante pruebas de ADN y peritajes odontológicos, a 38 niños y adolescentes cuyos restos todavía nadie ha reclamado, un mes después de la tragedia.
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